Seduciendo al capital es como prosperan los países, no combatiéndolo
Considerando la relación positiva entra las tasas de capitalización y el nivel de salarios reales, deriva en absurdo la arenga contenida en la marcha peronista que sostiene que “combatiendo al capital” se defiende al trabajador asalariado.
Haciendo un breve repaso histórico, en base a investigaciones de The Maddison Proyect, la Argentina habría alcanzado el primer puesto en PBI per cápita en 1895, cuando imperaba un esquema de economía abierta, luego denostado bajo la poco inocente denominación de “modelo agroexportador”. El país supo mantenerse entre los 10 primeros puestos en tal ranking. Hasta que llegó el peronismo…
Desde 1946, los combatientes contra el capital, desarmaron lo poco que quedaba de liberalismo de esta otrora próspera nación, proceso que ya se había iniciado en la década anterior, en la cual, entre otros avances sobre la economía de mercado se creó el Banco Central (1935), el cual estafó sistemáticamente a los argentinos con el impuesto inflacionario.
Como decía, desde el advenimiento del combate al capital, la posición de la Argentina en el ranking mundial de PBI per cápita se desplomó. A fines de 2023 nos encontrábamos en un triste puesto 62. Para una nación que, alguna vez fue destino de oleadas de inmigrantes, especialmente de Italia, España y Francia, quienes hoy nos superan ampliamente en indicadores socioeconómicos, tal derrumbe constituye un fracaso que es motivo de asombro y estudio por académicos de diferentes partes del mundo.
Abordemos desde la lógica económica el planteo de que el combate al capital, pretendidamente épico, es contraproducente a los efectos de mejorar la calidad de vida de los asalariados. Teóricamente, no hay mayor misterio. Tal como explica Alberto Benegas Lynch (h) en charlas que pueden encontrase mediante una simple búsqueda por YouTube, el capital ejerce de apoyo logístico al trabajador. Así, un operario de un país desarrollado utilizando una excavadora de última generación, en la cual se encuentre cómodo, con aire acondicionado y un sofisticado tablero de comandos, tendrá un salario de poder adquisitivo muy superior al de un trabajador del tercer mundo operando con una pala manual. Puede que ambos sean igualmente laboriosos, pero uno cuenta con mayor acervo de capital a su disposición que el otro, por lo tanto, su productividad es mayor, y por tanto gana más.
Considerando que nadie ofrecerá más remuneración al trabajador asalariado que lo que mida su productividad, determinada esta como se dijo por el acervo de capital, cualquiera de las llamadas “conquistas sociales” que se atribuyen los sindicatos aplaudiéndose a sí mismos, no es más que una parte de esa productividad que, en lugar de pagarse en dinero efectivo, se paga en forma de la tal conquista. Nadie regala nada, cada factor de la producción recibe acorde a su aporte al proceso productivo, y más aporta un trabajador cuanto más dotado de capital se encuentre.
Entendiendo entonces, la importancia del capital per cápita como factor de mejora del poder adquisitivo de los salarios, urge seducir al capital, en lugar de combatirlo. El nivel de ahorro en nuestro país no es elevado, décadas de destrucción económica producto de políticas populistas, incluso aquellas llevadas a cabo bajo retóricas liberales, han destrozado la capacidad de ahorro. De allí la imperiosa necesidad de recurrir a ahorro externo, para que se traduzca en mayor producción y empleo.
A tales fines, el desarrollo del mercado de capitales es clave para que las empresas puedan captar capital, invertir, modernizarse, y mejorar salarios reales. La presión que ejerce la mayor inversión productiva sobre la demanda laboral eleva el nivel de salarios, solo basta ver un simple gráfico de oferta y demanda para comprender esa dinámica. Si ante esta argumentación alguien lo acusa de que “así funciona en la teoría, pero no en la realidad” (como economista he recibo esa crítica hasta el hartazgo) mi consejo es que no gaste energías en explicar el funcionamiento básico de la economía a quien se empecina en disociar teoría económica con la realidad, en un intento por ocultar su ignorancia o por despreciar los avances en una ciencia que íntimamente detesta por destrozarle fríamente sus utopías de adolescente tardío.
En otro artículo de mi autoría mencionaba que, acorde a un informe de First Capital Group del año 2023, el mercado de capitales argentino representaba un 9% el PBI, lo cual es diminuto en relación al promedio de Latinoamérica, de un 50%.
El desarrollo del mercado de capitales es clave para motorizar nuestra economía, dotar de mayor capital a las empresas, para su modernización y ampliación, así como para el surgimiento de nuevos emprendimientos. Todo lo cual empujará los salarios reales al alza. En este proceso los sindicatos, si realmente están interesados en sus representados, deben facilitar esta dinámica en lugar de entorpecerla con sus combates anacrónicos que nos empobrecen a todos.
Por otro lado, y aunque mucha gente tenga aún puesto el viejo chip mental copado de prejuicios hacia los mercados financieros, el acceso a instrumentos de inversión no sólo beneficia a las empresas que pueden obtener fondos mediante los mecanismos que aquellos proporcionan, sino también a inversores. ¡Y no! No es para los ricos, se puede acceder a un Fondo Común de Inversión con solo $1000, lo que cuesta una lata de gaseosa. El gobierno ha logrado grandes avances en la lucha contra la inflación, y en el ordenamiento macroeconómico general. Es cierto que aún persisten fuertes desafíos, sobre todo en el frente cambiario lo cual involucra riesgos no menores. Pero en los últimos meses los datos oficiales y de consultoras privadas evidencian una recuperación en el nivel de salarios, que en el caso de los privados ha superado al nivel previo al ajuste fiscal y monetario del gobierno de Javier Milei. La actividad por su parte, está repuntando, la inflación ha dejado de ser el principal problema que aqueja a los argentinos. Estas mejoras enardecen a ciertos opositores al gobierno nacional, llevándolos a inventar causas nuevas y engañosas de reclamo, tales como una supuesta persecución a mujeres y homosexuales, quienes hasta ahora no han perdido ningún derecho estrictamente hablando, al menos que se conozca. La gestión Milei-Caputo realiza un trabajo en algunos puntos plausible en otros cuestionable en materia de política económica, pero si los argentinos no cambiamos el chip anticapital, antimercado, y como dijera acertadamente un conocido dirigente empresarial de Concordia, de sesgo antiempresarial, no lograremos salir de nuestra pobreza relativa.
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