Guacho
Guacho me enseñó a ser paciente, leal, consecuente, cariñoso, discreto; también me enseñó a perdonar, a mirar fijo a los ojos, a jugar y disfrutar del libre albedrío, a compartir y a tener noción del espacio que a cada uno le pertenece o debe ocupar.
A Guacho lo adopté al mes de nacer cuando yo tenía siete años. Su madre era una oveja que se crió en una majadita de mi padre, que tenía el berretín de cruzar los alambrados invadiendo huertas ajenas, que eran sus preferidas, con las lógicas protestas de sus dueños, y no obstante que recorríamos permanentemente los alambrados para verificar su estado, esta ovejita chacarera siempre encontrabas un lugar para pasar. Y era bien conocido el lugar en que lo hacía, pues dejaba jirones de lana en las púas del alambrado.
Al no poder controlarla, le pusieron una canga en forma de horqueta (es un palo al cuello para trabar el paso por los alambrados que se coloca a los animales que tienen esas mañas).
Esta oveja parió un corderito en época de esquila, y tratando de pasar un alambrado se enredó con la canga lastimándose el cuero esquilado, sin que se lo hubiera advertido, se abichó y cuando nos dimos cuenta ya era tarde, murió dejando el corderito guacho. Mi padre me preguntó si quería criarlo, lo que de inmediato acepté con gran regocijo, y desde ese día Guacho,, que así lo llamé, se incorporó a mi vida. Dos veces al día le daba la mamadera con una botella y una tetina de goma que papá me fabricó; era un montoncito de rulitos de lana blanca que como se había habituado con la madre a tomar su leche, se arrodillaba y meneaba con rápidos movimientos su colita engullendo su alimento que en su avidez, dejaba escapar algunas gotitas formándose en su boquita una blanca espuma.
Al principio tenía a Guacho encerrado en un galponcito con alambre tejido al frente, donde le hice un lugar para dormir con paja de lino, muy mullido, y cada vez que me veía balaba de contento, lo largaba y salíamos a dar una vuelta por un potrero cerca de la casa, allí retozaba dando brincos y me incitaba a seguirlo, por lo que junto a él aprendí a disfrutar de la naturaleza, porque cuando me tiraba entre el trébol crecido como en un blando y fresco colchón mirando el cielo, saltaba a mi alrrededor haciendo cabriolas de un lado al otro, y cuando se cansaba, se acostaba junto a mí acurrucándose produciéndome con su cuerpito lanudo una agradable sensación. Ya más crecido aprendió a comer pasto, y andaba suelto en el patio entre los demás animales domésticos, que lo consideraban como a un igual.
A veces Guacho se metía en el patio de la casa que tenía un alambre tejido perimetral y me daba cuenta de ello cuando oía rezongar a mi mamá por sus deposiciones que son como pequeñas aceitunitas, y era corrido con la escoba, por lo que como si supiera que hizo una travesura se refugiaba en el gaponcito, asomándose al rato mirando hacia todos lados y salía a pastar. Cada vez que lo llamaba, cuando no era la hora de su comida, demoraba desperezándose, primero estiraba su pezcuecito hacia arriba y luego sus patitas traseras de a una, luego acudía; de esa forma me enseñó a ser paciente, leal y consecuente, pues yo, solamente yo era su amigo en la casa y él no acudía a otro llamado. Me enseñó a ser cariñoso, a abrazarlo y amarlo, y me devolvía su cariño y su ternura apoyándose en mis piernas, era discreto y me miraba de reojo cada tanto, y debo confesar que hubo veces que enojado por algún motivo en que nada tenía que ver, descargaba mis enojos con él, siempre me perdonó, mirándome fijo a los ojos como diciendome; No te guardo rencor... Con Guacho aprendí a jugar, a disponer de mi libertad, a compartir con él momentos y que cada uno ocupaba su lugar.
¿Cómo hacer para que entre tanto consumismo nuestros hijos no pierdan de vista el valor de las cosas naturales? Creo que una buena forma es permitirles a compartir con algún animalito vivo, pues muy diferente es que tengan una muñeca ó una pelota (que también los deben tener) ó recrearse con las maravillas que nos ofrece la naturaleza. Inducirlos a compartir ya sea con un perrito ó un pollito, que en su indefensión les transmiten una ternura, que bien utilizada contribuirá a la formación de una personalidad adulta más comprensiva y tolerante para desenvolverse en la vida, con el ritmo tan tecnificado de estos tiempos que nos toca vivir, donde se proporcionan juguetes “virtuales” como mascotas. Claro que en ambientes rurales no se conocían estas propuestas, ni computadoras ó juguetes electrónicos, pero ayudémoslos a establecer ciertas reglas que los orienten a desechar la violencia y la agresión por la agresión misma.
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