La cosecha
Cuando promediaba la primavera, y maduraban los linares y trigales, era toda una ceremonia ver, con mis pocos años, cómo papá retiraba las chapas traseras del galpón de cinc para sacar la cosechadora Massey Harris Nº 9 para ponerla en condiciones de trillar el cereal sembrado, esperanza de todo un año de laboreo intenso y recurso para pagar deudas, hipotecas y si sobraba algo, hacer alguna inversión, cosa que no era muy frecuente. Recuerdo haberlo acompañado al campo a controlar el proceso de maduración del lino, solía arrancar una bolillita a medio madurar, desgranarla en la palma de la mano y contar cuántas semillitas tenía, de esa forma calculaba un rinde aproximado.
Después de casi un año de estar guardada la cosechadora, se ataban seis caballos y mediante cadenas y un balancín la sacaban hacia atrás, quedando en el patio. Era impresionante ver cómo se afirmaban los caballos haciendo un tremendo esfuerzo, tensando las cadenas, poniéndose de costado por momentos resoplando con fuerza por sus ollares, y lentamente movían la muy pesada máquina que asomaba emergiendo como un ser fantástico de una enorme cueva, y que luego de unos días nos acostumbrábamos a verla, trepándonos y haciendo como que la manejábamos.
Papá limpiaba con esmero todas las partes, zarandas, sacapaja, cintas transportadoras, revisaba las cuchillas, engrasaba todos los engranajes y llevaba el magneto al pueblo para que el mecánico que lo ayudaba siempre, durante muchos años, su amigo Rino Migliora, lo dejase en condiciones de poner en marcha el motor que accionaba todo el sistema mecánico de la cosechadora. Generalmente una vez reparado, venía a casa trayendo el magneto y entre los dos lo ponían en marcha.
Cuando arrancaba el motor venían los chicos de los vecinos a curiosear pues era una gran novedad; con ese barullo se espantaban las gallinas, los perros ladraban asustados y el caballo piquetero se alejaba al trote largo levantando la cola mirando de reojo hacia atrás. En el campo, todo era una rutina que anualmente se sucedía, pero evocada a través de los años, esta era una pequeña epopeya. Al momento de mover la palanca que accionaba todo el sistema de engranajes de la cosechadora daba la impresión de que la enorme máquina comenzaba a vibrar y a hacer todo tipo de contorsiones produciendo sonidos que nos conmocionaban.
Generalmente dentro del galpón y debajo de la cosechadora, en el prolongado tiempo de su estacionamiento, hacían nido los ratones, por lo que encontrábamos niditos con ratoncitos recién nacidos, rosaditos y pelados moviéndose indefensos.
En época de cosecha se llevaba la cosechadora al campo tirada por dos hileras de seis caballos, una detrás de otra, encadenados y manejados por una persona hábil que era la encargada de ese trabajo. Para ingresar al sector del campo a cosechar, debía abrirse una parte del alambrado porque el portón de acceso era angosto para que pase la cosechadora, e ingresar a un linar maduro era emocionante, un mar color sepia que apenas se mecía con la brisa pleno de bolillitas maduras henchidas de semillitas rojizas... y las esperanzas del colono a punto de concretarse, también lo era ver a papá vistiendo camisa de mangas largas, “la blusa”, pañuelo al cuello y sombrero de “trapo” con sus bombachas arremangadas hasta la rodilla, moverse inquieto controlando que todo funcionara. Con un enérgico movimiento a la manija se ponía en marcha el motor y comenzaba la trilla. Mientras roncaba el motor y avanzaba la cosechadora con su gran plataforma y las aspas impulsando las plantas secas de lino que era acarreado por la cinta al cilindro, largando por la cola la paja desgranada, surgiendo a chorros la semilla por distintas bocas, según la calidad.
¡Eso era mágico!!! Ver cómo llovían semillas en torrente , mientras el “bolsero” parado en la plataforma, sacudía las bolsas de arpillera para que se llenaran bien, reemplazándola rápidamente por una vacía , cosiéndolas con gran agilidad con hilo de algodón y una aguja especialmente curvada dejándole dos “orejas” a los costados para asirlas cada vez que se debían mover, facilitando la tarea, depositándolas a un costado de la plataforma hasta que hubiese tres o cuatro llenas, accionaba con un pie una palanquita que volcaba las bolsas, volviendo la plataforma a su lugar.
Qué sensación placentera experimentaba cuando me permitían dar unas vueltas al lado del bolsero, llenándome la nariz y el cuerpo con casullo, y el recuerdo que no se olvida del olor del lino recién trillado y de la paja seca que arrojaba, que luego los horquilleros juntaban haciendo parvas. ¡Es una sensación única llenarse los pulmones con ese olor al cereal recién cosechado!
Como ya era época de vacaciones escolares, mamá ataba el sulky “chico” y yo llevaba el mate cocido para papá y los peones. Era una responsabilidad “tremenda”, pues como solía haber pozos y terrones que hacían sacudir el sulky, volcaba algo de mate cocido, pero nunca tanto como para que no alcanzara. Además, llevaba una bolsa con galletas que completaban la merienda en la pausa que se hacía.
A veces se hacía el mate cocido en el mismo campo, llevando todos los enseres, yerba, azúcar, un cucharón enlozado cachado, varias tazas enlozadas y de aluminio, calentando el agua en una olla de aluminio medio abollada, a un costado del alambrado, sentándose a tomarlo a la sombra que proyectaba la cosechadora.
Contaba papá que, en una oportunidad, nadie supo explicar cómo fue a caer un sapo dentro de la olla con el mate cocido hirviendo. Cuando el peón encargado de servirlo lo vio flotando inflado, lo tomó de una patita dejándolo escurrir y tirándolo a un costado, saborearon el mate cocido quebrando las galletas en el codo llenando las tazas sin preocuparse demasiado.
Al medio día se largaban los caballos, haciendo un alto en las tareas para almorzar, generalmente un puchero, de vez en cuando un guiso. En los trabajos de cosecha colaboraba un señor de apellido Rey, vecino de la zona, amigo de papá, de hablar pausado, quedando un dicho después de un sabroso guiso que a Rey le satisfizo mucho que se repetía en diversas oportunidades: “Estaba liiindo el guiso.... dijo Rey”
Después de almorzar se ataba la segunda “muda” de caballos continuando con la trilla, abandonando por esos días la tradicional siesta. Los primeros días se la extrañaba, hinchándose un poco los pies y los tobillos hasta acostumbrarse al ritmo del trabajo.
Un carro “ruso” de cuatro ruedas seguía a la cosechadora levantando las bolsas llenas para llevarlas al galpón, previniendo el daño de una ocasional lluvia que podría ocasionar a lo recolectado. Se hacían varios viajes, y mientras una persona paraba las bolsas en el carro, otros las descargaban al hombro y con singular destreza las arrojaban a lo alto de la estiba. Si se tenía la suerte de que el mal tiempo no interrumpiera, se terminaba el trabajo en un par de días, llegando el momento de “la paga” en la casa del patrón, que convidaba a todos los que participaron con alguna botella de caña, que todos de buen grado aceptaban y se brindaba, entre bromas, hasta la próxima faena.
Anécdotas de una época no tan lejana en el tiempo, pero que con la tecnología actual en que se utilizan cosechadoras automotrices, autopropulsadas, algunas con aire acondicionado en la cabina y cámaras teledirigidas, difieren mucho de las tareas rurales que desarrollaron hasta hace unos ochenta años atrás y que hicieron “grande” a nuestra patria, los “gringos” inmigrantes, que al decir de Emilio Castelar: “Hay razas de tal suerte unidas a su tierra, que al separarlas, separáis los dos términos de una entidad, el alma y el cuerpo”, pero esas personas que arribaron como muchos de nuestros padres y abuelos de ultramar, volcaron toda su sabiduría, fuerza y trabajo en plantar las semillas, profundizar sus raíces y cosechar los frutos. En la mudanza del tiempo se materializaron obras tangibles y una descendencia que toma un papel destacado en la comunidad argentina.
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