Aprender la sabiduría de la naturaleza
Las alas de las águilas y los cóndores miden muchos metros cuando se despliegan. Las necesitan así para lograr sostenerse en las alturas planeando grandes distancias. Las del colibrí, en cambio, son más delgadas y tienen unos pocos centímetros, suficientes para mantenerse en vuelo ante la flor. La naturaleza es sabia para dotar a las especies según las necesidades. La condición humana no siempre alcanza el mismo grado de sabiduría. Tenemos grandes anhelos, pero no nos disponemos con las exigencias necesarias.
Para dar avances en el camino sinodal no alcanza el voluntarismo del colibrí. Debemos abrirnos a la obra del Espíritu Santo, para que cumpla en nosotros lo anunciado por el profeta: “les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo” (Ez. 36, 26). Como nos enseña Jesús, “¡a vino nuevo, odres nuevos!” (Lc. 5, 38). Lo primero es la espiritualidad, que nos abre a una mirada desde la fe. No somos un parlamento que delibera, sino la Iglesia comunión a la escucha del Espíritu.
Simultáneamente es importante revisar las actitudes que nos favorecen o entorpecen el caminar juntos, tu vocación y lugar en la Iglesia, y actualizarnos en las enseñanzas del magisterio respecto de sí misma; todo esto forma parte de lo que llamamos conversión pastoral. En el Documento de Santo Domingo del año 1992 se nos enseña que la conversión pastoral “abarca a todo y a todos en la conciencia, en la práctica personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente, cada vez más claramente la Iglesia en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal” (DSD 30).
Te invito a detenernos para reflexionar y meditar cada frase del texto.
Abarca a todo y a todos. Nada ni nadie queda excusado de revisarse a la luz del llamado a la conversión pastoral. Todas las vocaciones, ministerios, agentes pastorales, estamos llamados a dejarnos interpelar para ser más fieles a la misión. ¿Sentís que este llamado es también para vos?
En el ámbito de la conciencia. Necesitamos un cambio de mentalidad. Implica reconocernos todos como miembros activos y corresponsables de la comunidad eclesial. O sea, afirmar que es el Espíritu Santo el que anima y da vitalidad a su Iglesia. Hace falta profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano II y reconocernos como Pueblo de Dios en marcha.
En el ámbito de las acciones personales y comunitarias. Estamos marcados por la identidad misionera. Todas las actividades deben estar impregnadas por el intento de llegar a todos con la buena noticia de Jesús. Francisco nos abre su corazón: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para su autopreservación” (EG 27).
Dejar de lado de una buena vez el “siempre se hizo así” que paraliza la creatividad y adormece el compromiso.
En el ámbito de las relaciones de igualdad y autoridad. El mayor don que hemos recibido es el Bautismo, que nos hace iguales en dignidad en la comunidad cristiana. Los vínculos de comunión son fundamentales “para que el mundo crea” (Jn. 17, 21). El Documento de Aparecida nos enseña la necesidad de “actitud de apertura, diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y la participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas” (DA 368).
En el ámbito de las estructuras. Este proceso de conversión nos lleva a estar dispuestos a reformular las estructuras operativas de la Iglesia, llamados a “abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (DA 365). Es necesario fortalecer los Consejos Pastorales y de Asuntos Económicos en cada comunidad.
Demos pasos firmes hacia la conversión que necesitamos. Sigamos caminando como “Peregrinos de la esperanza”.
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